El recelo, miedo o rechazo al cambio tecnológico es tan viejo como la humanidad. Se trata de un caso particular del miedo antropológico a cualquier tipo de cambio que amenace nuestro statu quo. Ya decía Platón que «el cambio es el mal y que el reposo es divino» (Popper, 2010: 52). Al ser humano le conforta la certeza y le incomoda la incertidumbre del cambio, algo debido a un complejo entramado de factores neurobiológicos, psicológicos y culturales, que actúan como un mecanismo de supervivencia y de orden social. Elucidemos las causas del rechazo al cambio tecnológico.

Barreras cognitivas: ignorancia, creencias y pereza.
Toda innovación tecnológica tiene (al menos) tres barreras cognitivas: la primera y menos importante es la relativa a la comprensión de la propia tecnología, es decir, sus fundamentos científicos y técnicos; solo los especialistas y algunos curiosos son capaces de entender estas complejidades. La segunda barrera es la creencia infundada de que cierta tecnología tiene algún efecto nocivo; por ejemplo, algunos no usan el horno microondas porque emite «radiación»; otros rechazan la inteligencia artificial porque supone una amenaza laboral y social. Con frecuencia, los detractores de una nueva tecnología, ni la entienden, ni la usan y, en lugar de reconocer su ignorancia, la rechazan profiriendo todo tipo de augurios. La tercera, y más importante, es la dificultad de uso por los consumidores. Una nueva tecnología, si es útil, económica y fácil de usar, se impondrá de forma natural en la sociedad.

La telefonía móvil es un buen ejemplo. La inmensa mayoría de la población usa aparatos — electrodomésticos, vehículos, máquinas— muy sofisticados sin necesidad de comprender sus «tripas». Pero si usar una nueva tecnología exige un notable esfuerzo intelectual, no será adoptada por las masas. Por esta razón, el mejor dinero conocido —Bitcoin— no se ha popularizado. Entre los grupos más reacios al cambio tecnológico tenemos los mayores de edad, los de menor educación, los procedentes de «letras» y los perezosos. Numerosos analfabetos tecnológicos no son incapaces ni tontos, simplemente prefieren la comodidad de lo conocido al esfuerzo que requiere aprender algo nuevo. Por ejemplo, el director de cine y ganador de un Oscar, José Luis Garci, no tiene teléfono móvil ni usa Internet porque le «coge a trasmano».
La destrucción creadora de Schumpeter

Según Joseph A. Schumpeter, el empresario que innova crea lo nuevo a la vez que «destruye» lo antiguo. Este proceso de destrucción creadora constituye el hecho esencial del capitalismo (Schumpeter, 1997: 120). Sin embargo, «destrucción» es claramente una hipérbole del lenguaje. Innovar es una actividad pacífica que no destruye nada, tan solo vuelve obsoletos determinados bienes, medios y formas de producción. La innovación ofrece al consumidor algo mejor de lo que ya tiene y cuando aquél comprueba la diferencia, abandona pacíficamente los bienes antiguos por un interés personal. Cada nueva tecnología va reemplazando pacíficamente a otras que son menos eficientes y económicas.
El coste humano de la innovación
Se habla mucho del «coste» humano que ocasiona un cambio tecnológico y no tanto de su «beneficio», que es muy superior. Toda innovación tecnológica produce desajustes e incomodidades: específicos empleados deben adquirir nuevos conocimientos y destrezas, otros quedan temporalmente desempleados o deben buscar acomodo en otras ocupaciones y zonas geográficas; por su parte, los empresarios se enfrentan al dilema de mantener o sustituir una maquinaria que se va volviendo obsoleta. Pero es innegable que el beneficio de la innovación tecnológica excede a sus costes y la mejor prueba es su aceptación social. La acumulación histórica de innovaciones tecnológicas —desde la rueda hasta la inteligencia artificial— es el cuerno de la abundancia que ha posibilitado la civilización actual.
La brecha tecnológica
Otro despropósito es acusar a una innovación tecnológica de producir desigualdad económica y social entre quienes saben usarla y quienes no. Quienes adquieren mayores conocimientos y destrezas (en general) aumentan su productividad, por tanto, es muy justo que obtengan mayores ingresos económicos. En otro
artículo (Instituto Juan de Mariana, marzo 2024) ya vimos que el término «brecha» —salarial, digital— tiene connotaciones igualitaristas y que la desigualdad de resultados no puede constituir un criterio de justicia. Afortunadamente, los cambios tecnológicos están a disposición del público y su aprendizaje nunca ha sido tan accesible como hoy en día.
Afirmaba David Ricardo que «a cada alza de salarios los fabricantes se sienten más tentados a usar maquinaria». Esto, en su caso, podría ocurrir cuando la legislación laboral encarece coactivamente los costes del trabajo en comparación con la maquinaria; en este caso, los empresarios preferirán negocios más intensivos en capital y con menos empleados. La utilización de máquinas y herramientas no origina por sí sola la reducción del número de empleados. La máquina, al aumentar la productividad del trabajo, disminuye la utilidad marginal de los bienes producidos en comparación con otros bienes, de ahí que convenga detraer personal de un sector económico a otro (Mises, 2011: 913-914). Tampoco es cierta la acusación de que la máquina «reemplaza» al empleado, más bien lo libera de específicas tareas, normalmente las más agotadoras y menos productivas.
El miedo a la inteligencia artificial (IA)

Esta reciente tecnología es origen de la última gran controversia sobre las ventajas y peligros del cambio tecnológico. Todo aquél que haya usado (particular o profesionalmente) la IA no puede soslayar sus impresionantes logros. Sin embargo, la IA no es la panacea universal, su resultado depende de la precisión de las instrucciones (prompts), de la veracidad de las fuentes consultadas (inputs), del modelo de razonamiento y de la supervisión humana. Tal vez, la mayor preocupación ante la IA sea su impacto en la reconfiguración del mercado laboral. Frente a otras innovaciones mecánicas —rueda, molino, máquina de vapor, electricidad, motor de explosión, turbina, etc.— que multiplican la fuerza humana, algunos temen a la IA porque automatiza tareas cognitivas, tales como programación informática, redacción de textos e informes, diagnóstico médico especializado, análisis financieros, etc. Creemos que esta distinción —física vs cognitiva— es arbitraria porque cualquier tipo de ayuda al trabajo siempre es bienvenida: tanto se beneficia un taxista Uber de un programa informático como el cirujano que usa el robot da Vinci. Ambos aumentan su productividad, reduciendo el precio de lo producido. La IA, por ejemplo, no elimina al radiólogo, sino que multiplica su capacidad de diagnóstico permitiéndole priorizar los casos más urgentes (triage). La IA proporciona más y mejores bienes radiológicos, a menor precio, produciendo un trasvase de personal hacia otras especialidades médicas tales como enfermería, cirugía, obstetricia y geriatría (efecto Ricardo).
Pari passu, se producirá una reconfiguración de todo el mercado laboral que beneficia al conjunto de la sociedad.
Bibliografía
Popper, K. (2010). La sociedad abierta y sus enemigos. Barcelona: Paidós.
Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.
Schumpeter, J. (1997). Teoría del desenvolvimiento económico. FCE